Implicar a los no comprometidos: reflexiones sobre la presentación de evidencias científicas

No todos los políticos que eligen ignorar las evidencias científicas están en contra de la ciencia; al mismo tiempo, los que cuentan con una carrera científica constituyen una pequeña minoría. Esta columna sostiene que los científicos que desean tener un impacto sobre las políticas deberían enfocar sus esfuerzos en la gran mayoría de políticos no comprometidos con la ciencia. Tal diálogo requerirá que los investigadores salgan de su zona de confort.

En los últimos años, se han elegido gobiernos populistas en algunas de las grandes democracias occidentales. Muchos ignoran la ciencia o incluso intentan desacreditarla, incluyendo la investigación y los datos recopilados por las propias agencias estatales del país. La situación se agrava por el hecho de que la desinformación (“noticias falsas”) y los denominados hechos alternativos (también conocidos como mentiras) proliferan y se multiplican a través de los medios digitales y sociales.

Por supuesto, los políticos pueden elegir ignorar las evidencias científicas. En una democracia, tienen el derecho de hacerlo porque son responsables ante las personas que les votaron. Los políticos son elegidos, mientras que los científicos no lo son. Pero esto no da a los políticos el derecho de atenerse únicamente a sus creencias o a buscar desacreditar las evidencias que puedan no encajar en su visión del mundo.

Aún así, no todos los políticos que eligen ignorar las evidencias están en contra de la ciencia. De hecho, la ciencia es sólo uno de los factores que influyen en la toma de decisiones políticas. Otros factores incluyen la religión, la ética y los valores, consideraciones electorales, política de partidos, grupos de presión y los medios de comunicación – por nombrar algunos.

A pesar de que los negacionistas del cambio climático y los activistas antivacunas acaparan los titulares de los periódicos, en realidad se encuentran en pequeña minoría (no haciéndoles esto menos peligrosos cuando ocupan cargos gubernamentales). Intentar implicarse con ellos supone generalmente una pérdida de tiempo.

Lo cierto es que los políticos que apoyan la ciencia defienden las evidencias o que incluso cuentan con una carrera científica son una reducida minoría. Es un error frecuente de los científicos centrarse en políticos que apoyan a la ciencia, ya que éstos apenas proporcionan una cámara de eco para los investigadores.

En cambio, los científicos deberían centrar sus esfuerzos en la inmensa mayoría de políticos no comprometidos con la ciencia.  Éstos no son anti-ciencia y la mayoría de ellos están abiertos a escuchar las evidencias. Pero por diversas razones, pueden no haber descubierto aún el valor de la ciencia.

Es posible que crecieran en un entorno “ajeno a la ciencia”, detestaran la física en la escuela, que no tuvieran instituciones científicas en su circunscripción, que teman que los científicos puedan avergonzarles con su conocimiento o, simplemente que tengan problemas para encontrar el punto de partida adecuado para comenzar un debate.

Dicho diálogo requiere que los científicos salgan de su zona de confort. El lenguaje que utilizan los científicos reviste una importancia fundamental. La jerga científica intimida a la gente. Los científicos necesitan comunicar de forma que resulte amena a las personas que no posean una formación científica.

Es una habilidad en la que los estudiantes universitarios necesitan ser capacitados. Especialmente en la política, resulta esencial proporcionar una buena narrativa: los científicos deben aprender a convertirse en narradores de historias. En realidad, no existe nada de malo en utilizar anécdotas. Una anécdota apoyada por la evidencia resulta mucho más potente que una anécdota no basada en evidencias.

Los científicos deberían proporcionar a los políticos los argumentos que puedan usar para defender las evidencias científicas al público. Sólo imagina situarte ante un auditorio de 500 personas – o 20 cámaras de televisión enfocando hacia ti – y ahora defiende las evidencias. Esa es la realidad de un político.

Un tema controvertido en este contexto es el uso de las emociones. Por supuesto, las evidencias en sí mismas necesitan verse libres de emociones y los científicos no deberían caer en la trampa de convertirse en defensores de la cuestión. El papel de un científico es ser la voz de la razón. Pero las emociones desempeñan un papel clave en política y los científicos deben tocar los corazones de las personas.

A menudo resulta útil mostrar que los científicos también son humanos. Los científicos tienen cónyuges e hijos, tienen esperanzas y miedos y disfrutan de una velada en el restaurante, viendo una película de Hollywood o apoyando a su equipo de fútbol favorito. En muchas ocasiones un buen debate con un político sobre ciencia puede comenzar desde una perspectiva insospechada.

Además, los científicos deben aprender a mostrar empatía por las inquietudes públicas. Muchos ciudadanos se sienten incómodos con cantidad de tecnologías – desde organismos genéticamente modificados hasta la energía nuclear o la radiación electromagnética. Generalmente, estas preocupaciones se refieren a fenómenos que no podemos ver, escuchar, sentir, oler o degustar. Se trata de una reacción muy natural que nos ayudó a sobrevivir a la Edad de Piedra.

Mientras que muchos científicos pueden pensar que dichas preocupaciones son infundadas dadas las pruebas disponibles, es una cuestión de respeto tomárselas en serio. Los científicos deben evitar la arrogancia y necesitan entablar debates abiertos sobre estos asuntos. Muy a menudo las preocupaciones no se centran en la ciencia, sino en cuestiones muy diferentes – como la ética empresarial de empresas multinacionales.

Sólo a partir de dicho compromiso puede crearse un ambiente en el que la contribución de la ciencia al asunto en cuestión sea valorada tanto por los decisores políticos como por los ciudadanos. Esto es necesario porque existen numerosas pruebas de que las políticas basadas en evidencias científicas son más sostenibles que las que no lo están. Las evidencias científicas no modifican con un cambio de gobierno o transforman mayorías políticas. Por tanto, el uso de la evidencia es la mejor forma de diseñar políticas resilientes al cortoplacismo.

 

 

Autor:

Jan Marco Muller es Jefe Interino de Operaciones del Instituto Internacional para el Análisis de Sistemas Aplicados (IIASA).