Los costes en la salud mental de los confinamientos: evidencias de los toques de queda en Turquía

Abordar la crisis del Covid-19 con confinamientos y políticas de restricciones a la movilidad se configura como una herramienta efectiva a la hora de reducir la propagación del virus, pero puede también tener un impacto negativo directo sobre la salud mental, especialmente entre las poblaciones vulnerables. Esta columna sintetiza los resultados obtenidos en una investigación sobre el impacto de confinamientos estrictos y de larga duración entre las generaciones de mayores en Turquía. El estudio demuestra que, a corto plazo, las restricciones de movilidad ocasionan un deterioro significativo de la salud mental debido al aislamiento físico y social.

¿Cómo afectan a nuestra salud mental las restricciones por el Covid-19 que han impuesto los gobiernos en todo el mundo? Indicadores tempranos sugieren que el coste en salud mental a causa del Covid-19 será severo, con un estudio estimando que el precio para los tratamientos de desórdenes en salud mental relacionados con la pandemia será de 1.6 billones de dólares durante un solo año en Estados Unidos. Los síntomas de depresión y ansiedad están en aumento, suscitando una preocupación sin precedentes entre la comunidad de la salud pública.

Desde el inicio de la pandemia, se han desarrollado un cúmulo de pruebas empíricas en rápido crecimiento que documenta la relación negativa entre el Covid-19 y la salud mental en todo el mundo, particularmente en los países desarrollados.

Pero resulta complicado identificar un nexo causal y cuantificar la relación entre exposición al Covid-19, movilidad física limitada, aislamiento social y salud mental. El deterioro de la salud mental puede ser tanto causa como consecuencia del aislamiento físico y social. La correlación observada no implica una relación causal porque los factores de desviación tales como las experiencias vitales previas, las circunstancias en la niñez y las capacidades pueden influir en la exposición al Covid-19, el aislamiento físico y social y los resultados de salud mental.

Los investigadores han sido creativos para evitar este problema de evaluación empírica y determinar los problemas de salud mental ocasionados por la pandemia. Un ejemplo es un estudio basado en encuestas realizadas antes y después de los confinamientos estatales en Estados Unidos para demostrar que la salud mental de los individuos que residen en Estados con órdenes estrictas de permanecer en los domicilios se deterioró más que la de aquéllos que viven en Estados sin restricciones tan severas. Otros dos estudios documentan indicadores crecientes de ansiedad mental en Europa y Estados Unidos utilizando tendencias de datos en Google y comparando intensidades de búsqueda pre- y pos-confinamiento relacionadas con condiciones de bienestar  predefinidas como ‘soledad’ y ‘suicidio’.

Nuestro estudio emplea un modelo único para superar algunos de los retos empíricos en la medición del impacto de las restricciones de movilidad sobre la salud mental. Utilizamos un toque de queda prolongado vinculante sólo para personas de 65 años en adelante en Turquía como experimento político natural con el objetivo de simular un ‘ensayo controlado aleatorio’, una herramienta de investigación ampliamente utilizada para evaluar causa y efecto.

Las órdenes de Turquía de permanecer en los hogares, impuestas sobre la población en su tercera edad y estrictamente aplicadas por el gobierno, comenzaron a finales de marzo de 2020 y perduraron hasta mediados de junio del mismo año, convirtiéndose en una de las políticas de confinamiento más prolongadas en el tiempo para reducir la mortalidad ocasionada por el Covid-19.

Como mostramos en el estudio, las personas nacidas alrededor del límite de edad de 65 años, en la que el toque de queda resulta obligatorio, no presentan diferencias sistemáticas en características clave y, por tanto, son comparables. Entonces realizamos una encuesta telefónica, seleccionando el grupo específico de adultos entre 59 y 70 años para comparar aquellos que se encontraban justo por debajo de la edad límite y, por este motivo, no afectados por las órdenes de permanecer en casa a las sí que están obligadas las personas justo por encima de 65.

El Panel A en la Figura 1 revela que el toque de queda redujo en torno a un día por semana el número de jornadas que habían salido fuera, correspondiente a una reducción estimada del 43% con relación al grupo de control. Asimismo, incrementó la posibilidad de no salir nunca del hogar en 24-30 puntos porcentuales, correspondiendo a un aumento del 150% respecto al grupo de control.

Utilizando un ‘cuestionario de autoinformación’ de 20 preguntas (CA-20) desarrollado por la Organización Mundial de la Salud, averiguamos que la reducción de la movilidad inducida por el toque de queda tuvo un impacto considerablemente positivo sobre la probabilidad de sufrir ansiedad mental. En el Panel B de la Figura 1 se señala que observamos estos efectos tanto para indicadores somáticos, que captan síntomas físicos de ansiedad y depresión, como para indicadores no somáticos, que constituyen evaluaciones más subjetivas de ansiedad y depresión.

Finalmente, analizamos posibles canales a través de los cuales una reducción en la movilidad conduce a un incremento de la ansiedad mental. Nuestros resultados demuestran que el aislamiento físico y social desempeña un papel especialmente importante a la hora de explicar las conclusiones. Las restricciones de movilidad provocaron una reducción sustancial de la interacción social con amigos y familia y, una disminución de la actividad física. Al mismo tiempo, no encontramos evidencias de cambios significativos en los resultados del mercado laboral o medidas relativas a conflictos dentro de los hogares.

Mientras las autoridades continúan sopesando opciones políticas en respuesta a la pandemia, es imperativo comprender los costes potenciales de las órdenes de permanecer en los hogares seleccionando determinadas subpoblaciones. Esto resulta particularmente relevante respecto a las restricciones específicas de edad, ya que numerosos estudios que emplean un modelo de ‘susceptible-infectado-recuperado’ (SIR) afirman que es posible lograr mejores resultados sociales mediante la aplicación de políticas selectivas que implementen confinamientos más severos a personas mayores de 65 años.

Pero dado que este tipo de respuestas políticas aumenta la posibilidad de sufrir crisis de salud mental incrementando el riesgo de depresión y suicidio en poblaciones que ya eran susceptibles, estas consecuencias exigirían intervenciones adicionales para mitigar tales efectos. Estas medidas políticas pueden incluir el establecimiento de centros de atención telefónica para la salud mental, mejorar el acceso a servicios de ‘telesalud’ y crear servicios de apoyo local para poblaciónes en riesgo sobre el terreno.

Figura 1

 

Autores:

Onur Altindag es un economista que estudia economía del desarrollo y la salud. Actualmente es profesor asistente en el departamento de Economía de Bentley.

Bilge Erten es profesora asistente de Economía y Asuntos Internacionales en Northeastern University. Sus intereses de investigación se encuentran en la intersección de género, desarrollo y economía internacional, con un enfoque particular en la investigación empírica.

Pinar Keskin es una microeconomista aplicada, con intereses de investigación en desarrollo y economía ambiental. Actualmente es profesora asociada de economía en Wellesley College.